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jueves, 5 de agosto de 2010

6.Pasaje Dear Demian...


6.Pasaje


[…]

-... Han pasado tantas cosas desde que tu fuiste... ¿Sabes? Me he mudado con papá. Ya sabes que siempre nos ha ofrecido su casa para cuando ya no lo aguantemos con Simone. Hace días que no la llamo. Nana, ya sabes, nuestra abuela, se ocupará de ella. Sus problemas con el alcohol han empeorado, y era lo mejor que podía hacer. Alejarme de ella.

Los parpados del chico se cerraron mientras yacía al lado de la tumba de su hermano.

-He comenzado tu diario. No me he atrevido a leer más que el primer pasaje, y por eso pensé que sería lo mejor traérmelo aquí. Así lo podemos leer juntos. No puedo creer que ya estés casi un mes bajo tierra, te hecho tanto de menos, que a veces duele demasiado pensar en tu ausencia.

Cogió el diario que estaba guardado en su maleta. Lo abrió con cuidado y comenzó a leer donde se había quedado parado.



~04.09.09


Querido diario.

Ayer por la noche llegué a casa, estoy acostado en mi cama y me he pensado tomarme unos minutos libres para seguir escribiendo.

Mattis se acaba de ir hace unos minutos. Estuvimos hablando toda la tarde, le he contado cosas acerca de mi fiesta y todo lo que ha pasado estos días que he pasado con mamá y con Bill. Me siento extraño después de haberlos visto. Siempre me siento extraño cuando los veo.

Me estuvo consolando y escuchó mis problemas, nunca había conocido a una persona tan agradable y comprensiva como él, pero creo que piensa que soy un pesado. Nunca me lo diría a la cara, es demasiado educado, pero me paso el día entero hablando de mí y mis cosas, y a veces pienso que le canso. Ya no sé ni qué decir cuando me pregunta “¿Qué tal estas?”, porque tengo miedo de aburrirlo si le digo que me encuentro mal, porque siempre son los mismos temas los que rondas mi cabeza día a día y no me dejan dormir. Mamá, Bill, la escuela... Nadie quiere comprenderme, y eso me frustra, tengo miedo de quedarme solo.

Me entiendo muy bien con él, sé que puedo contárselo todo y que no debo avergonzarme de nada, pero de todas formas lo hago...

Creo que le he contado todo sobre mí. Bueno... Casi todo, porque mis secretos más íntimos los sigo guardando aquí, en mi cabeza. No me atrevo ni a escribirlos todos aquí, tengo miedo de que alguien te encuentre y te lea. ¡Tierra, trágame!

Por cierto, Mattis me ha traído un regalo. Son unas bolas de metal que llevan una campana en su interior. Las tienes que hacer rotar en tus manos. Nunca me habían regalado algo parecido. Se supone que las bolas tranquiliza tu “Chi” y fortalecen el “Karma”. No creo en estas cosas pero me parece muy lindo de su parte y quizás si creo en ello funcione.
No es lo único que me ha regalado. Creo que ya te he contado que Mattis toca el piano de una forma espectacular, y por eso me ha regalado también unas entradas al concierto que va a dar este domingo en el teatro. Sé que hay que llevar traje y ropa de etiqueta, y estoy nervioso por que me adentraré en un mundo totalmente distinto al mío. A parte, estaré sentado entre viejas señoras cotorras y abuelos amantes de la música clásica. De todas formas, mi corazón se acelera de forma inumana cuando pienso en ello.

Pero sé que Mattis no va a tocar solo. Sue, una flautista y violinista Japonesa, va a tocar con él. Es famosa en toda Europa, no sólo porque es realmente buena tocando los instrumentos, sino porque es tan joven como Mattis y muchos músicos lo darían todo por tocar tan bien como ella.

La he visto en algunos vídeos de youtube, la he buscado en el google y me he encontrado con algunas fotos de ella y Mattis tocando juntos. Es una preciosidad de mujer nunca he visto a una muchacha tan guapa: elegante, atractiva y parece bastante más madura que las chicas que yo conozco. Creo que los dos tienen una especie de relación sentimental, sus corazones laten por lo mísmo, por la música clásica pero aún no me he atrevido a preguntarles si son pareja.
No estoy celoso de ella, o eso creo, al fin y al cabo Mattis y yo solo somos amigos y no quiero destruir nuestra amistad porque es lo más grande que me ha pasado.
Sé que suena ridículo pero a veces me lo imagino tocando música sólo para mí, solo para mis oidos, sabe tocar casi cualquier canción con sólo escucharla... Es todo un talento.

Bueno, papá ha llegado a casa. Ha traído la cena, espero que no haya ido de nuevo al Buger King... La última vez casi me dio un empacho de comer tantas patatas fritas. Si sigo comiendo tanto me pondré como una foca.

Demian.



~*~



Cerró el diario y lo dejó caer justo a su lado. No son cosas demasiado importantes las que ponen en él. No es que Bill estuviera decepcionado o algo parecido, pero se hubiera esperado un poco más de Demian. Tan sentimental, tan frágil, tan pensativo...

Cogió el libro y lo abrió de nuevo, pero las primeras gotas de lluvia impidieron que siguiera leyendo. Se cubrió la cabeza y metió el diario debajo de su camiseta.

Bill salió del cementerio. Comenzó a correr y su respiración comenzó a agitarse. No estaba muy seguro del camino a casa, había hecho este recorrido con el autobús, pero ya eran más de las 6 de la tarde y los buses escolares ya no pasaban.

Comenzó a correr por una calle que le parecía familiar y se quedó parado debajo de un árbol refugiándose de la lluvia. Se ajustó la camiseta y se abrazó el tronco para evitar coger más frío, y eso que hacía sólo unos minutos el sol relucía sobre la ciudad.

Miró a la izquierda y después a la derecha, pero ninguna de las calles le resultaba familiar.

-Mierda- murmuró un poco frustrado y comenzó a morderse el labio inferior.

Parecía un gato asustado. El pelo negro, largo y empapado le cubría la vista. Miró hacia arriba: el árbol a penas tenía hojas.

Se apoyó en la pared que estaba a sus espaldas para dejar pasar a los pasantes y los ciclistas.

-¡Hey! Eres el chico de los Schwarz, ¿verdad?- una voz masculina lo sacó de sus pensamientos. Miró al frente y vio a un hombre joven montado encima de una moto, llevaba un casco en la cabeza y parecía mirarlo desde la carretera.
-Sí- contestó Bill un poco tímido.
-Pareces un poco perdido.

Bill no sabía que responder, después de unos segundos asintió con la cabeza y sus mejillas se tornaron de color carmín. Perderse en su propio barrio le resultaba vergonzoso. Se volvió a morder el labio.

El chico de la moto suspiró.

-Monta, te voy a llevar a casa- dijo después de unos segundos. La voz del chico era fría y desinteresada. Bill tragó saliva. No sabía si debía fiarse de aquel extraño y menos con esa apariencia tan intranquila y calculadora, pero al parecer ese chico conocía a su familia.

-No voy a comerte. Monta ya, o te quedas aquí.

Bill dio un paso hacia delante y se acercó a la maquina y su conductor.

-Venga, rápido. Si la poli me pilla llevando a alguien sin casco, me multarán- Bill se dio prisa en montar detrás del chaval. El asiento estaba mojado-. Agárrate a mi cintura- dijo el desconocido antes de acelerar la maquina.

Bill a penas tuvo tiempo de prepararse y en el último segundo se agarro a su cintura. Escondió la cara detrás de la espalda del chico para refugiarse de la lluvia.

Entraron por una calle, Bill intentó recordar el camino, para no volver a perderse, pero la lluvia le impedía la vista y por eso se quedo refugiado detrás del desconocido aspirando su aroma a sudor y camiseta mojada.

No tardaron ni diez minutos en llegar a la casa de los Schwarz. Bill y Demian habían adoptado el apellido de su padre ya que sus padres no estaban casados.

El chico se quedo parado justo en frente de la puerta. Bill se soltó y bajó de la motocicleta con elegancia.

-Muchas gracias por haberme llevado y ehm... ¿Cómo era tu nombre?
-No te he dicho mi nombre, y no me des las gracias. Aún le debía un favor a tu hermano, ahora estamos en paz- murmuró el desconocido antes de darle gas a la moto y alejarse por una avenida cercana. Bill se quedó mirándolo durante un rato antes de darse la vuelta.

¿Quién había sido ese muchacho? ¿Un amigo de Demian? No lo parecía. Y si lo era, parecía ser alguien bastante arrogante.

Entró en casa.

-Vaya mierda- murmuró un poco fastidiado cuando vio que la cobertura del diario se había mojado un poco. Por fortuna las páginas se habían quedado intactas.

Se agachó para sacarse los zapatos y los calcetines. Justo cuando iba a entrar al pasillo vio a su padre salir de la cocina.

-¿Dónde has estado?- preguntó Gordon con seriedad. Se quedó mirando a Bill, que comenzó a rascarse la cabeza buscando una buena excusa.
-Yo...- comenzó el chico-, estaba... En el cementerio- tragó saliva.

La cara seria de su padre comenzó a entristecerse.

-¿Pero que hacías allí?
-Eso no te incumbe.

Bill comenzó a correr camino de las escaleras. No sabía porqué corría tanto. Tenía el presentimiento de que hablar con su padre ya no servía de nada. Siempre que hablaban salía el tema de Demian, por mucho que Bill no lo pretendiera.

Cerró la puerta detrás de sí y se quedo parado en medio de la habitación.

¿Cuantas tardes había pasado tirado aquí en el suelo mirando la pared? Muchas, demasiadas...

En todo aquel tiempo no había hablado ni una sola vez con sus amigos, ni siquiera había pensado en ellos.

Dejó el diario encima de la cama y sacó la última caja que le quedaba por desempaquetar. La abrió, dentro estaban su móvil, su portátil y su colección de videojuegos y DVDs.

Gordon había insistido en que Bill se quedara al menos con la televisión, la Wii y la playstation de su hermano, porque le daba pena tirar los aparatos o venderlos por ebay. Sabía que Bill jugaba con tantas ganas a videojuegos como Demian.

Bill no se había atrevido a preguntarle porqué su hermano había tenido tantas cosas que el nunca había tenido. Tenía el presentimiento de que su padre intentaba recompensar su remordimiento regalándole las cosas de Demian.

El chico se arrodilló al lado de la caja y sacó el móvil y el cargador. La batería estaba completamente vacía y el móvil se había apagado por sí solo. Buscó un enchufe y cuando lo halló, enchufó el cargador.

Encendió el aparato, como era de esperar había recibido más de 50 mensajes de texto y más de 30 llamadas.

Gustav, Andy,… Pero también Fabian. Cuando leyó el nombre del último se ruborizó. ¿Fabian había pensado en el? ¡Lo había dejado tirado en una cita!

Comenzó a leer algunos de los mensajes enviados, en casi todos ponía lo mismo, o querían saber como se encontraba o le daban las condolencias por lo de su hermano. Esos mensajes, a pesar de que pretendían animarlo, sólo lo deprimían aún más.

Después de pensarlo un rato, sacó el portátil y lo enchufó encima del escritorio. Se sentó y volvió a coger su móvil esperando a que el portátil se encendiera.

Marcó el número de su mejor amigo. Andy siempre había sido su pequeño bote salvavidas cuando estaba deprimido. Siempre le había escuchado en los momentos de soledad y le daba su consejo cuando tenía mal de amores.

-¿Andy?-la voz de Bill comenzó a temblar.
-¿Bill? Pensaba que no llamarías nunca-, el rubio sonó aliviado.
-He estado muy ocupado. Bueno, mejor dicho, más ocupado con migo mismo que con otras cosas.

Andy se quedó callado durante un rato.

-Tu madre dice que no vas a volver- ahora, en lugar de alivio, Bill captó tristeza.
-Andy... Necesito un poco de tiempo por aquí...
-¿Nos podremos ver en las vacaciones?- era el único miedo que tenía Andy, perder a Bill como amigo.
-Claro que sí, idiota- dijo Bill poniéndose ligeramente nervioso. El chico conectó el portátil a Internet.
-Yo...- Andy no sabía como debía tratar a su amigo, habían estado un mes sin comunicación y no sabía cómo estaba el ánimo de Bill.
-No te preocupes, estoy bien. Mi padre dice que me va a apuntar a la escuela la semana que viene. Y creo que estoy preparado para ello.

Una sonrisa se dibujó en su cara señalando su satisfacción.

-¿Como va lo tuyo con Amelie?- preguntó el pelinegro cambiando de tema mientras abría su carpeta de e-mail. No quería meterse en el msn: sabía que había mucha gente que esperaba noticias de él, pero no quería responder sus preguntas acosadoras.

-Me ha dejado- Andy suspiró angustiado y su mejor amigo sabía que ahora se llevaría la mano a su frente.
-¿Y eso?- la pregunta era un poco idiota.

Andy comenzó a reír.

-Ya la conoces, dice que no le dejo libertad y que la encierro en una jaula y el viernes por la noche me llamó a las tres de la madrugada diciéndome que lo nuestro no funciona y que no cree que podamos seguir siendo una pareja porque no ve futuro en lo nuestro...

Bill miró el suelo, el juego que Andy y Amelie se traían ya duraba más de dos años, siempre separándose y juntándose de nuevo y siempre era Amelie la que cortaba con Andy.

Describir a Amelie era como querer describir el color del viento. Era una chica única. Nadie hubiera pensado que sería capaz de llevar una relación seria con alguien de su entorno. Un sueño inalcanzable de pelo rojizo y ojos azules como el mar. Cualquier chico hubiera dado un brazo por poder tener una relación con ella. Era carismática, divertida, pero a la vez sabía reconocer la seriedad en las situaciones, muy madura para su edad, pero lo que más amaba era la libertad y poder jugar con las personas.

No era mala persona: a veces no se daba cuenta del daño que podía causar con sus actos.

-Pensaba que la última vez sería la última... Digo la última de vuestras separaciones- Bill comprendía como se debía sentir su amigo en este momento.
-Ya lo sé... Pero ya la conoces, y creo que esta vez va a ser una separación definitiva-,

Bill había escuchado más de una vez esa frase.

-Y... ¿Y que vas a hacer si ella vuelve?

Andy suspiró de nuevo, Bill cerró los ojos.

-No lo sé...

Los dos comenzaron a reír a la vez.

-Vaya temas mas deprimentes llevamos.
-Y que lo digas- reconoció Bill.
-Bueno dejémonos de amores perdidos. ¿Ya has visto tu nueva escuela?- preguntó Andy dejándose caer en su cama.
-No, la verdad es que no tengo ni idea. Lo único que sé es que voy a ir a la escuela de mi hermano... Tengo un poco de miedo por la reacción de las personas. A ver si alguien se desmaya.

Andy comenzó a reír de nuevo.

-Ya veo a las profesoras cayéndose desmayadas cuando las saludes.

Bill se levantó de su silla y encendió la tele antes de dejarse caer remedido en la cama, estaba un poco cansado.

-¿Has encontrado el diario?

Bill se sobresaltó al escuchar la pregunta, había olvidado que le había contado lo del diario a su mejor amigo.

-Sí- respondió Bill y le echó una ojeada al diario que se hallaba a su lado.
-¿Qué pone?

Andy era famoso por no andarse por las ramas.

-Bueno, la verdad es que sólo he leído dos entradas. No he descubierto aún mucho, pero al parecer tenía un buen amigo.
-Uhh... Vaya… ¿un buen “amigo” o un amigo?- levantó las cejas.
-Solo un amigo, Andy...
-¿Lo sabes seguro?- la pregunta de Andy estaba razonada.
-Bueno, creo que le gustaba un poco, pero la verdad es que ni él sabía lo que quería.

De una forma u otra, no le costaba hablar de Demian si era con Andy. Pero estaba cansado y necesitaba dormir. Además, seguía embutido en su ropa empapada. Ni se había dado cuenta de ello en el calor de su habitación.

-Bueno... Te dejo. Dile a Gustav que me encuentro bien y que me puede llamar si quiere, pero que no sea demasiado temprano, últimamente me quedo durmiendo hasta tarde.
-Vale, se lo diré. Cuídate mucho- murmuró Andy antes de colgar.

Bill suspiró y se levantó de la cama. Se sacó la camiseta y los pantalones, quedándose en boxers. .

De pronto la puerta se abrió. Bill se asustó y miró en su dirección.

-Oh, vaya. Lo siento- dijo su padre al verlo medio desnudo, y volvió a cerrar la puerta.

Bill nunca hubiera esperado que su padre subiera arriba. Gordon evitaba la planta superior, era de esperar.

-¿Que quieres?- el adolescente estaba molesto. ¡Padres! ¿Es que no sabían llamar a la puerta?

Bill exhalo y sacó una camiseta de su armario junto a unos pantalones y se los puso.

-La cena esta servida, y tengo que hablar contigo- dijo Gordon carraspeando la garganta-. Siento haber entrado así.

El muchacho siseó poniendo los ojos en blanco.

-La próxima vez, llama- dijo Bill enfadado. Abrió la puerta y salió al pasillo, entrando al cuarto de baño.

Su perfilador de ojos se había corrido, por lo que cogió una toallita mojada y comenzó a quitarse el maquillaje.

-Bueno, quiero que bajes cuando hayas acabado- ordenó Gordon antes de bajar las escaleras de nuevo.

El chico se entretuvo unos minutos más en el baño antes de obedecer.

Gordon había cocinado y lo había hecho como nunca antes.

Asado con patatas y verduras, varias salsas, ensalada y algunas cosas más de aperitivo. Bill miró la mesa, boquiabierto. Gordon estaba aún entretenido adornando los platos con servilletas.

-Pensaba que querías hablar conmigo- dijo Bill un poco extrañado, contempló la mesa. El chico estaba seguro que esta cena no sería para dos. Miró la mesa y contempló los cuatro platos.

El joven padre se dio la vuelta y miró a Bill.

-Estaría muy bien que te pusieras unos vaqueros y una camiseta que se pueda dejar ver.

Señaló el pantalón pijama y la camiseta con ositos de su hijo. Bill suspiró y puso los ojos en blanco.

-¿No me podrías haber dicho que esperamos visita? ¿Es que eres idiota o qué te pasa? Ahora tengo que volver a cambiarme.

Gordon siguió adornando la mesa sin prestarle demasiada atención.

-Venga, no hagas un teatro. En unos minutos viene la directora de tu colegio, es una conocida mía y la he invitado a cenar para que podamos hablar de tu futuro, la escuela, y eso- una sonrisa se dibujó en la cara del hombre que contemplaba a su hijo. Bill se apoyó en la puerta y comenzó a contemplar sus uñas.
-¿Y no me lo hubieras podido haber dicho antes?- preguntó el adolescente un poco enfadado, cruzó los brazos delante del pecho y exhalo.

Gordon tenía miedo de decir las cosas claras y escuchar un “no” de su hijo.

-Pensaba que no te molestaría.
-Pero de todas formas me lo hubieras podido haber dicho ¡joder!- Bill subió la voz y golpeo el marco de la puerta.
-Bill...- Gordon dejó los cuchillos que andaba repartiendo sobre la mesa.
-¡De Bill nada! ¿Es que no puedes preguntarme si lo quiero o no? ¡O al menos avisarme! ¿Qué hubieras hecho si no hubiera vuelto a casa? ¿Qué hubieras hecho si me hubiera ido a... No sé, a comer con ese muchacho?
-¿Qué muchacho?
-Nadie, un chico que me ha traído porque me había perdido... Nada importante- murmuró Bill intentado desviar la atención.
-Bueno, lo siento. ¿Podrías, por favor, ir arriba y cambiarte?

Gordon puso una mano en el hombro de su hijo y le miró a la cara.

-Por favor...
-Ya voy- respondió Bill dándose la vuelta para subir de nuevo las escaleras.

Estaba escandalizado. ¿Desde cuándo su padre se había vuelto tan gallina? Como si le fuera a arrancar la cabeza por tener una cita con su directora.

Golpeó la puerta de su habitación y se sacó su camiseta por encima de la cabeza. Escuchó el motor de un coche. Se acercó a su ventana y lo aparcar delante de la verja.

Se alejó de la ventana y sacó un pantalón negro del armario junto a una camisa blanca, y decidió que se la arremangaría hasta los codos. Desapareció en el cuarto de baño para ponerse el perfilador de ojos. Sabía que su padre odiaba su maquillaje, pero le daba igual. Se mostraría frente a esa mujer tal y como era.

Pocos segundos después, escuchó el timbre de la puerta.

-¡Bill, venga, date prisa!- gritó Gordon hacia arriba mientras corría hacia la puerta.

El adolescente escuchó voces provenientes de la puerta, parecían ser dos mujeres las que habían venido de visita. Bill retocó sus ojos con una sombra y luego peinó de nuevo su cabello, que seguía un poco húmedo. Cogió las pulseras de plata y se las colocó en la muñeca.

-Perfecto- susurró mirando su reflejo. Sintió un escalofrió, se dio la vuelta un poco asustado.

A veces le daba pánico estar solo en este baño, por mucho que los azulejos del suelo habían sido cambiados totalmente la semana pasada y el baño completo había sido decorado de otra forma.

Bill no creía en fantasmas, pero sí se sentía acosado a veces por algo que no sabía explicar. Sabía que solo era su imaginación, pero por las noches le seguían acosando pesadillas.

-Bill, o bajas, o te bajo- la voz de Gordon intentaba ser amenazante, pero parecía más asustadizo.
-Ya voy- dijo Bill frustrado y salió del baño cerrando la puerta de un portazo. No sabía a qué venía tanta prisa. Bajó por las escaleras cogiendo los escalones de dos en dos hasta llegar abajo.

Las señoras y su padre aún se encontraban en la puerta saludándose. Bill se quedó quieto al lado de su padre. Las señoras se quedaron calladas, mirando al muchacho.

-Vaya, es su viva imagen- susurró la primera y extendió la mano-. Hola, soy la señora Noack, directora del colegio, y esta es la señora Freudental, la psicóloga.

Bill le dio la mano a la señora.

-Bill- murmuró un poco desinteresado y repitió el proceso con la psicóloga.
-La señora Freudental va a acompañarte los primeros meses en nuestra escuela. Sabemos que en el caso de una pérdida familiar es difícil acostumbrarse de nuevo a un día a día corriente, y el riesgo de que no cumplas los requisitos escolares requeridos es elevado. No queremos presionarte- la señora pelirroja de edad avanzada, por ser delicados, le regaló una sonrisa.

Bill miró a las dos señoras como si fueran dos conejos que se acababan de mear en su alfombra.

-Yo... No necesito a alguien que me controle en la escuela. Muchas gracias- dijo enfadado antes de desaparecer en la cocina-. Papá, tengo hambre ¡comamos!
-Vaya, se nota que los dos han vivido separados- murmuró la señora Noack.
-Perdonen la reacción de Bill. Es un poco sensible, y a veces se toma las cosas muy a pecho. No tiene miedo a decir lo que le pasa por la cabeza- dijo Gordon restregándose las mano por la cara.
-Vaya, con lo tranquilo que era Demian... Señor Schwarz, usted no se preocupe por nada. Cada uno expresa sus sentimientos y su tristeza de otra forma. Déle tiempo.

La señora Freudental puso una mano en el hombro de Gordon, dándole un golpe amistoso.

-Tendrá razón, como siempre- respondió Gordon con una sonrisa.

Los tres entraron a la cocina y se sentaron a la mesa. Bill no esperó a nadie y comenzó a llenarse el plato de comida. Nadie hubiera imaginado que un chico tan delicado comiera tanto.

-Vaya, al menos tienes buen apetito- dijo la señora Freudental y se dejó servir la comida por el señor de la casa.
-Como papá se ha olvidado de comprar mis cereales y de comprar leche sin lactosa no he podido desayunar. He estado todo el día fuera y por eso tengo hambre. ¿Algún problema?

La mirada despiadada de Bill se clavó en la señora.

-En absoluto.

Las señoras comenzaron a reír.

-Bueno, cuéntame a cerca de tus notas.
-Tengo una nota media de 2,8- dijo el adolescente, que traducido al sistema español, equivaldría a un 8’8. Luego comenzó a comer.
-Vaya, genial. Tus notas pareces ser muy buenas. ¿Y tu signatura favorita?
-No tengo- dijo Bill con la boca llena.

Gordon comenzó a reír.

-A mi me has dicho que te gustan las matemáticas.
-Las mates son para los perdedores, no voy a ser ni profesor de matemáticas si nada parecido, por eso no me hacen falta.

Los tres comenzaron a reír, solo Bill se quedo callado.

-¿Y qué quieres ser?- preguntó la señora Freudental.
-No tengo ni idea.

Bill no estaba muy interesado en una conversación, pero no quería ser tan maleducado, y por eso respondía cada pregunta que le hacían.

-¿Ya conoces a gente de aquí? O sea del colegio, o a alguien del vecindario- inquirió la directora.

Bill dejó su tenedor en el plato: había acabado de comer. Cogió una servilleta y se limpio la boca.

-¿Tengo cara de preocuparme por gente en este momento? La verdad es que no quiero ir a la escuela, pero lo tengo que hacer de todas formas.

La directora intentó sonreír, pero la sonrisa no quería salir.

-Bueno, es comprensible que necesites un poco de tiempo para...
-Yo lo único que quiero es encontrar el asesino de mi hermano.

Los cuatro se quedaron callados, Gordon soltó del susto el tenedor y este cayó al plato con estrépito.

-¿A...asesino?- balbuceó la psicología, sobresaltada, y comenzó a reír.

La mirada del adolescente se oscureció.

-La gente hace de nosotros lo que somos. No creo que Demian se cortara las venas por puro aburrimiento. Creo que han sido las personas que lo rodeaban quienes le obligaron a ceder a la desesperación y voy a encontrar a esas personas para hacerme una imagen de su vida.

El resto de la cena pasó en silencio. Las dos señoras ya no se atrevieron a preguntar más cosas. El tono de la voz de Bill se había vuelto tan agresivo que temían una explosión sentimental en cualquier momento.

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